sábado, 22 de junio de 2013

CUENTOS CHINOS

Seguramente los jóvenes tienen alguna expresión de actualidad para definir aquello que suena tan fantástico como increíble, tal y como lo hacen las dos palabras que titulan este artículo, y que estoy seguro que tanto jóvenes como no jóvenes sabemos exactamente que a eso se refieren.

Y creo que ahora que hace unos días que recibimos la visita del Presidente Chino, Xi Jinping, cobran vigencia, pues ahora que ha venido a ofrecernos desarrollo conjunto basado en un mayor intercambio comercial e inversión en nuestro país, suena increíble que lo hace buscando equilibrar la posición de ventaja que ellos tienen en nuestras relaciones comerciales. ¿Acaso sería lógico que Enrique Peña Nieto visitara algún país que nos comprara más de lo que le compramos para ofrecerles equilibrar la situación?

Hoy día esta muy difundida y aceptada la idea de que el futuro de cualquier país debe basarse en mejorar  su productividad para así ser más competitivo en el terreno del comercio internacional, o dicho de otra forma, todos los países deben competir entre sí por los mercados que representan esos mismos países; el que pierda esta condenado al atraso y la pobreza.

Y por supuesto, ese es el justo castigo, pues se piensa que perdieron por flojos y retrógradas, enemigos del progreso, pues las oportunidades están ahí para todos, y por lo tanto todos pueden ganar en un mercado perfecto sabiamente regulado por la “mano invisible”, o sea las infalibles leyes del mercado.

Eso es precisamente lo que el reconocido economista estadounidense y premio nobel de economía, Paul Krugman llama el “saber convencional”. En su libro “El internacionalismo moderno”, nos habla de que la idea de que los países compiten entre sí como si fueran empresas es, de origen, equivocada, pues para empezar no es posible que si en esa competencia un país fracasa, este va a desaparecer como le sucedería a cualquier empresa que quebrara. Por otro lado, también señala que el éxito en el desarrollo económico de un país, no esta atado al éxito en el comercio internacional, pues influye de manera determinante las condiciones de política económica interna para que el beneficio del comercio internacional se refleje en un crecimiento económico sostenido del país.

Paul Krugman concluye que no hay ningún análisis económico que sustente debidamente que el desarrollo de un país depende de su éxito en el comercio internacional, pero, sin embargo, los gobiernos actuan aceptando que así es, simplemente porque es algo generalmente aceptado por los expertos, y entonces de esa manera se ganan la imagen de que si saben de economía, o sea, el saber convencional.

Es tiempo de cuestionar ese “saber convencional”; en la realidad, el florecimiento del comercio internacional, producto de la globalización, ha producido empresas muy ricas y no ha evitado que existan países con prolongadas crisis económicas, y en consecuencia con poblaciones cada vez más pobres.

Tal es el caso de nuestro México, en el que observamos que en el 2011 las 500 empresas más importantes crecieron arriba del 15%, mientras que el país creció solo un 3.9%, y con una pobreza creciente. Seguir creyendo que vamos a salir adelante a base de tratados comerciales e inversión extranjera, significa creer en cuentos chinos, pues traer riqueza al país producto de las exportaciones y nuevas empresas extranjeras asentadas en nuestro país, no significa que esa riqueza necesariamente alcance a la población en general. Parece que se nos olvida que las que exportan son las empresas y no los países; la “tajada del león” lógicamente se la quedan las empresas exportadoras y extranjeras, que pagan, como la gran mayoría, sueldos muy bajos, pues esa es una de sus ventajas competitivas para poder competir y exportar, profundizando así la inequidad en la distribución de la riqueza que padecemos los mexicanos.

Dicha inequidad es el enemigo a vencer, y la única manera de hacerlo es a través de una reforma fiscal enfocada a mejorar la distribución del ingreso, agregando el concepto de contribución a la economía en los criterios para la definición de impuestos, midiendo la contribución a la economía en función del empleo generado por las empresas; a más empleo menos impuestos.

Esta medida constituiría un incentivo para generar más empleos y mejor remunerados, y así combatir eficazmente el aumento de la pobreza; y para que funcione como una herramienta de redistribución del ingreso de manera sostenida, debe ser complementada con otras disposiciones, tales como eliminar impuestos complementarios como el IETU; eliminar privilegios fiscales como la consolidación fiscal; un procedimiento para que el no pago de IVA en alimentos y medicinas beneficie solamente a quienes tienen los menores ingresos; disminuir el impuesto a los salarios y aumentar la tasa del reparto de utilidades en base al aumento de la productividad.

Y esa es precisamente la reforma fiscal que propongo, que además de redistribuir el ingreso, no reduce la recaudación fiscal. En suma, se trata de una reforma fiscal que conviene a empresarios, trabajadores y gobierno, pues para que el país progrese de una manera más justa y sostenida, es indispensable una mejor distribución de la riqueza. Cualquiera otra de las alternativas hasta hoy propuestas por nuestro gobierno, no pasan de ser meros cuentos chinos.
 
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