Y seguramente me preguntaran
¿y porqué rebautizarla?; bueno, sería una cuestión de congruencia, pues así
como un día decidimos perpetuar en la memoria de los mexicanos un hecho
trascendente en nuestra historia, como lo fue La Reforma, que permitió ni más ni menos que hacer avanzar a nuestro país por
el régimen democrático separando la Iglesia del Estado, tal y como sucede
actualmente en todos los países democráticos; pues ahora tendríamos que pensar
que esa misma calle simbolizara el nuevo México que nuestro actual Gobierno nos
ha prometido desde que su titular se encontraba en campaña.
Desde ese entonces, y aún
ahora, la frase distintiva es “mover a México”, con lo que nos está diciendo
que el país ha estado inmóvil (sin decirnos desde cuándo), lo cual nos haría
pensar que el modelo que se ha desarrollado a partir de La Reforma podría estar
ya agotado, y en consecuencia es necesaria una nueva reforma; y como nuestro
actual gobierno se ha esmerado en hacernos ver que este si trabaja, pues
entonces porque conformarnos con una reforma, si podemos hacer varias.
Y así podemos mencionar la
"reforma" laboral, que no buscó modificar de fondo las relaciones
obrero-patronales, si no simplemente hacer algunos cambios, como por ejemplo, formalizar
la flexibilidad contractual que en la práctica ya sucedía (por ejemplo, la
contratación por horas); una "reforma" educativa que tampoco tiene la intención
de modificar los criterios y contenidos de los temarios, ni la estructura del
sistema educativo, ni las condiciones de los educandos, si no, básicamente,
hacer una mejor selección del personal docente; una "reforma" financiera que no
pretende modificar el sistema que permite la usura que practican las
instituciones financieras, si no solo atemperarla a cambio de concesiones como
permitir la privación de la libertad para los deudores que no paguen; una
"reforma" de telecomunicaciones que lo único que busca es establecer condiciones
para qué los magnates de esa industria estén de acuerdo en cómo repartirse ese
suculento pastel; una "reforma" hacendaria que no cambia el criterio para establecer impuestos, buscando que se genere mayor riqueza y ésta tenga una mejor distribución, si no tan solo tiene por objetivo aumentar la recaudación a costillas de los de costumbre: los cautivos; y la cereza del pastel, la reforma energética, que es la única que si lo es, pero que no busca establecer nuevas bases para aumentar el beneficio que la renta petrolera se supone debería dar a todos los mexicanos, si no simplemente legalizar el que dicha renta pueda compartirse con los grandes capitalistas nacionales, y peor aún, extranjeros.
Nos encontramos frente a un
gobierno que ha dado prioridad a aparentar que este si trabaja, que este si nos
va a hacer avanzar, y para ello consideró conveniente llamarle “reforma” a
cualquier modificación a la legislación actual. Y así hemos perdido seis meses
en cambios que no nos han puesto ni siquiera en la línea de salida de una
carrera que realmente nos lleve a vivir en un país más justo y progresista.
Una reforma implica un cambio
de fondo, y legalizar las prácticas que los patrones ya usaban para pagarle
menos a los trabajadores; establecer a los maestros la obligación de hacer exámenes para conservar su trabajo; negociar que los bancos reduzcan un poco los intereses de usura que cobran, hacerle de árbitro
en la disputa por el negocio de las telecomunicaciones, aumentar la recaudación fiscal, no pueden ser
catalogados, ni con mucho, cambios que constituyen una reforma.
Pero el país si necesita reformarse, pero necesita empezar por una, y solo una, y realmente seria, que en verdad implique un cambio de
fondo en la vida del país, y es aquella que nos lleve a modificar la situación
de inequidad en la distribución de la riqueza que cada día se agrava más en
nuestro país; no es un secreto para nadie que cada día hay más mexicanos
atrapados por la pobreza, y cada día hay menos ricos, aunque eso sí, mucho más
ricos. La concentración de la riqueza en pocas manos está llegando a ser
alarmante en nuestro país.
La reforma que realmente
necesitamos antes que cualquier otra, es la reforma fiscal,
pues esta sería la única forma de mejorar la distribución del ingreso, lo que nos
llevaría a combatir eficazmente el aumento de la pobreza, pues es ésta el
principal riesgo que amenaza el desarrollo y la paz del país, y que de no atenderse, haría inútil cualquier otra reforma. De nada sirven
leyes laborales que creen más empleos, si éstos, como ocurre actualmente, son
empleos que pagan 2 salarios mínimos o menos; tampoco es útil concentrarse en
tener maestros supuestamente más capaces por hacer un examen, si no se saca de
la pobreza a la mayoría de los educandos, pues nadie aprende con el estómago
vacío; será irrelevante abaratar los
créditos, si las pequeñas y medianas empresas siguen perdiendo clientes pues
cada vez hay menos consumidores con poder adquisitivo, que además son atrapados por los grandes monopolios; de poco servirá
abaratar los costos de las telecomunicaciones si no elevamos primero los
ingresos de los trabajadores que cada día les alcanza menos para cubrir sus
necesidades básicas, y no habrá ningún beneficio para los mexicanos si ahora el gobierno comparte las ganancias del petróleo con los ricos, por el contrario, contribuirá aún más a profundizar la inequidad en la distribución de la riqueza.
Es por ello que propongo una
verdadera reforma fiscal; no solo simples cambios en las tasas o los gravámenes
actuales, si no cambiar las bases sobre las cuales se aplican los impuestos
para incorporar el concepto de “contribución a la economía” como elemento para
determinar la tasa de impuesto a pagar, medido este como la cantidad de empleos
creados por un contribuyente, así como el monto de su gasto pagado por este
concepto, pagando así menos impuesto quien genere mayor empleo; eliminar paulatinamente los impuestos especiales y /o complementarios
(como el IETU), que complican el pago de impuestos; eliminar el privilegio de la consolidación
fiscal que solo beneficia a los grandes grupos corporativos permitiéndoles
pagar impuestos que en ocasiones llegan a ser irrisorios; que el no pago del
IVA realmente beneficie a los mexicanos de menores ingresos decretando su
aplicación general pero con devolución inmediata a quienes tengan menores ingresos, y reduciendo el impuesto sobre el sueldo al resto de los
trabajadores que ganen hasta 24 salarios mínimos para que no se vean afectados
por el pago del IVA en alimentos, medicinas y servicios de enseñanza; y aumentar la tasa del reparto de utilidades en la misma proporción en que aumente la productividad de las empresas.
Esta es una reforma fiscal que
beneficia tanto a empresarios como trabajadores y que además aumenta la
recaudación fiscal, y eso es lo que necesitamos para fortalecer nuestro mercado
interno, y así tener un desarrollo
económico más justo y sostenido, sin la necesidad de tener que “bajarnos los
pantalones”, ante la inversión extranjera.
Despertemos, es el turno de
nosotros los ciudadanos, el gobierno aún no se ha dado cuenta, o quizás no quiere, de que es lo que
realmente puede mover a México, apoyemos esta reforma fiscal, o vayamos
pensando en el nuevo nombre para nuestro Paseo de la Reforma, para así recordar
como la gestión de Enrique Peña Nieto fue un auténtico paseo por los cambios perjudiciales que él llamó “reformas”, y que efectivamente han empezado a mover a México, solo que
en reversa.
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