martes, 2 de julio de 2013

El Paseo de las Reformas

¿Qué les parece?, como que suena bien para rebautizar nuestra principal calle turística y emblemática no solo del Distrito Federal, si no del país entero; nombre que además conserva el espíritu del nombre actual, pues tan solo lo estaríamos poniendo en plural.

Y seguramente me preguntaran ¿y porqué rebautizarla?; bueno, sería una cuestión de congruencia, pues así como un día decidimos perpetuar en la memoria de los mexicanos un hecho trascendente en nuestra historia, como lo fue La Reforma,  que permitió ni más  ni menos que hacer avanzar a nuestro país por el régimen democrático separando la Iglesia del Estado, tal y como sucede actualmente en todos los países democráticos; pues ahora tendríamos que pensar que esa misma calle simbolizara el nuevo México que nuestro actual Gobierno nos ha prometido desde que su titular se encontraba en campaña.

Desde ese entonces, y aún ahora, la frase distintiva es “mover a México”, con lo que nos está diciendo que el país ha estado inmóvil (sin decirnos desde cuándo), lo cual nos haría pensar que el modelo que se ha desarrollado a partir de La Reforma podría estar ya agotado, y en consecuencia es necesaria una nueva reforma; y como nuestro actual gobierno se ha esmerado en hacernos ver que este si trabaja, pues entonces porque conformarnos con una reforma, si podemos hacer varias.

Y así podemos mencionar la "reforma" laboral, que no buscó modificar de fondo las relaciones obrero-patronales, si no simplemente hacer algunos cambios, como por ejemplo, formalizar la flexibilidad contractual que en la práctica ya sucedía (por ejemplo, la contratación por horas); una "reforma" educativa que tampoco tiene la intención de modificar los criterios y contenidos de los temarios, ni la estructura del sistema educativo, ni las condiciones de los educandos, si no, básicamente, hacer una mejor selección del personal docente; una "reforma" financiera que no pretende modificar el sistema que permite la usura que practican las instituciones financieras, si no solo atemperarla a cambio de concesiones como permitir la privación de la libertad para los deudores que no paguen; una "reforma" de telecomunicaciones que lo único que busca es establecer condiciones para qué los magnates de esa industria estén de acuerdo en cómo repartirse ese suculento pastel; una "reforma" hacendaria que no cambia el criterio para establecer impuestos, buscando que se genere mayor riqueza y ésta tenga una mejor distribución, si no tan solo tiene por objetivo aumentar la recaudación a costillas de los de costumbre: los cautivos; y la cereza del pastel, la reforma energética, que es la única que si lo es, pero que no busca establecer nuevas bases para aumentar el beneficio que la renta petrolera se supone debería dar a todos los mexicanos, si no simplemente legalizar el que dicha renta pueda compartirse con los grandes capitalistas nacionales, y peor aún, extranjeros. 

Nos encontramos frente a un gobierno que ha dado prioridad a aparentar que este si trabaja, que este si nos va a hacer avanzar, y para ello consideró conveniente llamarle “reforma” a cualquier modificación a la legislación actual. Y así hemos perdido seis meses en cambios que no nos han puesto ni siquiera en la línea de salida de una carrera que realmente nos lleve a vivir en un país más justo y progresista.

Una reforma implica un cambio de fondo, y legalizar las prácticas que los patrones ya usaban para pagarle menos a los trabajadores; establecer a los maestros la obligación de hacer exámenes para conservar su trabajo; negociar que los bancos reduzcan un poco los intereses de usura que cobran, hacerle de árbitro en la disputa por el negocio de las telecomunicaciones, aumentar la recaudación fiscal, no pueden ser catalogados, ni con mucho, cambios que constituyen una reforma. 

Pero el país si necesita reformarse, pero necesita empezar por una, y solo una, y realmente seria, que en verdad implique un cambio de fondo en la vida del país, y es aquella que nos lleve a modificar la situación de inequidad en la distribución de la riqueza que cada día se agrava más en nuestro país; no es un secreto para nadie que cada día hay más mexicanos atrapados por la pobreza, y cada día hay menos ricos, aunque eso sí, mucho más ricos. La concentración de la riqueza en pocas manos está llegando a ser alarmante en nuestro país.

La reforma que realmente necesitamos antes que cualquier otra, es la reforma fiscal, pues esta sería la única forma de mejorar la distribución del ingreso, lo que nos llevaría a combatir eficazmente el aumento de la pobreza, pues es ésta el principal riesgo que amenaza el desarrollo y la paz del país, y que de no atenderse, haría inútil cualquier otra reforma. De nada sirven leyes laborales que creen más empleos, si éstos, como ocurre actualmente, son empleos que pagan 2 salarios mínimos o menos; tampoco es útil concentrarse en tener maestros supuestamente más capaces por hacer un examen, si no se saca de la pobreza a la mayoría de los educandos, pues nadie aprende con el estómago vacío;  será irrelevante abaratar los créditos, si las pequeñas y medianas empresas siguen perdiendo clientes pues cada vez hay menos consumidores con poder adquisitivo, que además son atrapados por los grandes monopolios; de poco servirá abaratar los costos de las telecomunicaciones si no elevamos primero los ingresos de los trabajadores que cada día les alcanza menos para cubrir sus necesidades básicas, y no habrá ningún beneficio para los mexicanos si ahora el gobierno comparte las ganancias del petróleo con los ricos, por el contrario, contribuirá aún más a profundizar la inequidad en la distribución de la riqueza.

Es por ello que propongo una verdadera reforma fiscal; no solo simples cambios en las tasas o los gravámenes actuales, si no cambiar las bases sobre las cuales se aplican los impuestos para incorporar el concepto de “contribución a la economía” como elemento para determinar la tasa de impuesto a pagar, medido este como la cantidad de empleos creados por un contribuyente, así como el monto de su gasto pagado por este concepto, pagando así menos impuesto quien genere mayor empleo; eliminar paulatinamente los impuestos especiales y /o complementarios (como el IETU), que complican el pago de impuestos; eliminar el privilegio de la consolidación fiscal que solo beneficia a los grandes grupos corporativos permitiéndoles pagar impuestos que en ocasiones llegan a ser irrisorios; que el no pago del IVA realmente beneficie a los mexicanos de menores ingresos decretando su aplicación general pero con devolución inmediata a quienes tengan menores ingresos, y reduciendo el impuesto sobre el sueldo al resto de los trabajadores que ganen hasta 24 salarios mínimos para que no se vean afectados por el pago del IVA en alimentos, medicinas y servicios de enseñanza; y aumentar la tasa del reparto de utilidades en la misma proporción en que aumente la productividad de las empresas.

Esta es una reforma fiscal que beneficia tanto a empresarios como trabajadores y que además aumenta la recaudación fiscal, y eso es lo que necesitamos para fortalecer nuestro mercado interno, y así  tener un desarrollo económico más justo y sostenido, sin la necesidad de tener que “bajarnos los pantalones”, ante la inversión extranjera.

Despertemos, es el turno de nosotros los ciudadanos, el gobierno aún no se ha dado cuenta, o quizás no quiere, de que es lo que realmente puede mover a México, apoyemos esta reforma fiscal, o vayamos pensando en el nuevo nombre para nuestro Paseo de la Reforma, para así recordar como la gestión de Enrique Peña Nieto fue un auténtico paseo por los cambios perjudiciales que él llamó “reformas”, y que efectivamente han empezado a mover a México, solo que en reversa.




 

No hay comentarios:

Publicar un comentario